Se contaban muchas historias raras sobre las galerías superiores del museo. Guardias de seguridad que ante la falta de contacto humano olvidan hablar; guías, con la conciencia fuera de sí, susurrando las mismas letanicas explicaciones una y otra vez; turistas extranjeros, con bermudas y sandalias en pleno mes de marzo, desaparecidos… Sí, se habia creado una leyenda negra en torno a aquellas galerías superiores, las mismas que acogían las exposiciones temporales, a las que nunca nadie subía y de las que nunca nadie bajaba. Tal era el pánico que despertaban en los empleados del museo aquellas estancias, que a ellas solo acudían los más temerarios, los más avariciosos ( la paga era casi doble ) o los definitivamente perdidos para la sociedad; ser destinado allí suponía, para la mayoría, el escalafón más bajo al que puede caer un funcionario de museo, una especie de fuerte fronterizo que espera, con el miedo empapando las sienes, el ataque irremediable de los indios. Aquí, el peligro indio, era la soledad.
G. exhalo un nuevo suspiro de humo, y con un gesto indolente tiro su colilla al suelo, donde fue botando hasta reunirse con sus compañeras caídas. Llevaba muchos años de servicio a la espalda y no recordaba un caso más extraño, ni siquiera en el museo. “Joder (pensó), menudo marrón que me ha caido con el puto museo”. Y es que, por unas o por otras, G. siempre estaba enredado con algún asunto en aquellas galerías de muros blancos, fríos e impersonales.
Cuando G. vio al ultimo de los fotógrafos salir de la cabina volvio a entrar en aquel improvisado ataud. Las paredes granates y metalicas despedían un opaco reflejo a la luz blancuzca y mortecina que despedían unos cortos neones velados por una pantalla de plastico, cubierta por los cadáveres de inumerables e incautos insectos. A pesar de que no podia diferenciar ese ascensor en concreto del resto de ascensores que habia usado en su vida, algo encontraba en él que hacia despertar su natural sentido de la conservación. Fue el gélido tacto de aquellas paredes o el molesto y persistente zumbido de los neones, o tal vez la frialdad asesina y funcional de los interruptores y los carteles de advertencia. Pero no, la causa de aquel desasosegamiento cerval no era, seguramente, nada de eso.
No olía a muerte ni a putrefacción en el interior. O había pasado demasiado tiempo, o aquella cabina lo había absorbido como habia absorbido el resto. Como ya he dicho, G. llevaba más de veinte años en el cuerpo, y la verdad es que había visto muchas cosas, tal vez demasiadas, sin ni siquiera pestañear, salvo alguna ilustre excepción. Pero lo que sintió al contemplar aquellas dos profundas simas negras en el lugar donde debían de haber estado unos parpados vivos, fue, digo, lo más parecido a un escalofrío real que había sentido en ese tiempo. Sus facciones estaban secas, agrietadas y contraídas; era su rostro como un gran trozo de cuero marrón vencido por la longitud del tiempo y la dureza de la intemperie. Cuatro pelos peinados en cortinilla seguían poblando precariamente su cráneo. Bajo las cuencas de los ojos, G. detuvo su mirada en la nariz, vacia y huesuda, y en la boca, contraida en un gesto de sorpresa, como si estuviera viendo en un espejo su actual estado y le asustara el reflejo.
El cadáver iba vestido (la definición de “cadáver” le pareció más formularia que otra cosa) con camisa a cuadros rojos y verdes, pantalones de pana caqui y unas deportivas blancas, sobre calcetines asimismo blancos, de fabricación Taiwanesa que intentaban imitar a un conocido y cotizado modelo; el conjunto lo completaban unas anticuadas gafas negras modelo “Starky & Huch-1979″. Un nuevo escalofrío recorrió de abajo a arriba y de arriba a abajo el espinazo de G.: era una combinación francamente desagradable.
Unos pasos apresurados reverberando en el vacío ambiente de la galería lo sacaron de su ensimismamiento. Era K., el forense, un alucinante personaje recién sacado de la consulta del Dr. Galigari o de la paginas de Creepy: vestia de negro, un negro sucio, con insobornables manchas de tinta en la solapa y hombreras cargadas, como manzanos, de gruesos copos de caspa. Vestía un traje negro, como he dicho, que se ceñia fantástico y tortuoso a un cuerpo grotesco de bufón de corte: bajo y rechoncho, encorvado cual lechuza (unas gruesas lentes animaban a la comparación), con andares de jinete patizambo. G. le llamo con un gruñido. K. le miro entonces con su carilla de topo recién salido de una cloaca pestilente y olvidada, y fruncio el boca en un proyecto de sonrisa que permitió vislumbrar, durante más tiempo del necesario, unos dientes cariados y amarillos.
A G. no le gustaba K., en realidad K. no gustaba a nadie: su desagradable aspecto unido a la apasionante ludicidad que encontraba a su asqueroso trabajo repelian al más pintado. Sin embargo a él ese rechazo le traia al fresco: la vida era solo una risita insistente y compulsiva. Así, con gran desagrado, comenzó G. lo más parecido a una conversación que se podía tener con K.:
-”Dime algo que no sepa”, inquirió con un tono despreciativo mientras mancillaba otro inmaculado cigarrillo.
-”Un caso extraño, verdaderamente extraño. Prácticamente acabo de llegar, así que no te puedo dar aun nada serio. Pero sospecho que debe de llevar ahí meses, un año, quizá más”.
-”Chanchi, ¿como murió?”.
-”¡Puf!, ni puta idea. De hambre, de sed, asfixia, o de todo a la vez. Te dare una primicia: tiene el cuello roto”.
-”¿Que intentas decirme? ¿Que se cayo en la bañera de su casa y no se dio cuenta hasta llegar al ascensor? ¿Que estaba aquí frito y nadie ha subido o bajado por el ascensor en todo este tiempo?
-”No por favor; sé creativo. Fabulemos: no sabemos su identidad, pero supongamos que era un visitante; sube por el ascensor a una sala del museo donde nunca va nadie, pero el ascensor se queda bloqueado entre el piso dos y tres; cuando vinieron a hacer la revisión nadie reparo en el ascensor de servicio porque lleva a las salas donde nunca va nadie, pero eso no lo sabe nuestra querida momia, así que llama y llama con la certeza de que pronto le sacaran; cuando son las seis comprende que algo va mal; al día siguiente está ya completamente desesperado: golpea la puerta hasta que le sangran las manos, pero nadie le oye, porque la gente se agolpa en las salas donde siempre va todo el mundo; van pasando los días, pierde la noción del tiempo y el zumbido del neón le está volviendo loco, le duele el estomago de no tomar nada sólido; a la semana (si es que duro tanto) ya delira y cree oir las voces de la gente que viene a socorrerle, ademas le empiezan a salir llagas por todo el cuerpo de la deshidratación y de no moverse; por fin recupera la lucidez y comprende que nunca saldra: empieza a planear su propia muerte. Pero ¿como lo va a hacer?: no tiene nada, excepto su propio cuerpo. Piensa y piensa y piensa, hasta que al final halla la solución: se arquea sobre sí mismo o apoya la cabeza contra la pared, halla el angulo apropiado y, ¡Crack!, un golpe seco. C´est fini.”
La cara de asombro de G., que había permanecido a la expectativa, con un nuevo cigarro sin encender entre los labios, es imposible de describir en palabras:
-”K. ¿tienes mierda en el cerebro?”.
K. le miro irónico, con sus ojillos de topo multidimensionados hasta el infinito, y encongió los hombros como si desconociera la respuesta a aquella pregunta:
-”¿Eres capaz de formular otra hipótesis mejor?”.
No, no lo era. K. era el único de…”enunciar” una teoria así. K. giro sobre sus suelas gastadas y empezó a bajar por donde había subido, por las escaleras:
-”!Oye¡, ¿y que pasa con este?”, grito G.
-”Se supone que tenían que haber venido a por él los del juzgado, pero estan en huelga. Supongo que vendrán mañana”, respondió K. bajando por las escaleras, perdiendo paulatinamente su voz en la vertical lejania.
G. se encontró entonces solo, cara a cara con la momia, que le miraba ahora expectante, inquiriendo su ultimo destino. G. se le acerco, se puso en cuclillas y le miro más de cerca: “Me gustaría saber quien coño eres tu, como coño has muerto y, sobre todo, que loco impulso te llevo a visitar este ala maldita del museo; ignoro si ignorabas la leyenda negra de estas galerías, pero aunque así fuera, ¿que coño te animo a desmarcarte del itinerario recomendado?, ¿que te motivo a comportarte como un visitante rebelde?; si hubieras sido bueno, un visitante bueno, tú estarías ahora en tu casa podando bonsais, coleccionando mariposas o haciéndote una paja o que se yo, lo que te guste hacer en tu tiempo libre, y no estaríamos aquí teniendo esta conversación, tú peor que yo aunque yo tenga una ulcera abisal”. G. se incorporo y, ahora sí, la hablo:
-”Supongo que si has estado esperando todo este tiempo no te importara esperar un día más. Si alguien te ha estado esperando supongo que tampoco le importara”.
G. miro su reloj al acabar su frase. Eran la una pasadas. Tenia el tiempo justo de llegar a su casa, olvidarlo todo mientras comía y, luego, volver a la comisaria para tramitar otro informe frío, de esos típicamente tramitables, de esos que empiezan con “En la fecha de autos arriba señalada, a las patatin patatan…”, de esos que no permiten ninguna metáfora, para que sea entendible y accesible para el intrincado vocabulario judicial.
Después, cuando G. estaba acabando de irse y ya no era más que un ruido de escalones apresurados, la galería volvió a la normalidad, a su atmósfera atemporal, con los primeros rayos del mediodía de una encapotada fecha del mes de mayo intentando inútilmente calentar sus muros blancos. Fue entonces cuando el ascensor de servicio, aun con su victima en el interior, cerró sus puertas y reemprendió la marcha con un sonido de vacío precipitado a su alrededor.